Clima · São Paulo
Brasil vende carbono. Todavía no vende crédito.
El activo forestal más grande del planeta cotiza como el más barato del mercado. No es un problema de bosque. Es un problema de escritura, de consulta previa y de contabilidad.
11 min·18 ago
Daniel Pinto
Un medio de Interadia · São Paulo·11 min·18 de agosto de 2026

En septiembre de 2024, el estado de Pará firmó el primer acuerdo jurisdiccional de créditos de carbono de Brasil con la LEAF Coalition, un comprador que incluye a Amazon, Walmart y los gobiernos de Estados Unidos, Reino Unido y Noruega. El contrato vale hasta US$180 millones. El precio acordado por tonelada fue de US$15.
Compara ese número con el resto del mercado. En agosto de 2026, los créditos de captura directa de aire se ofrecen entre €450 y más de €1.000 por tonelada. El biochar sudamericano industrial se transa entre €160 y €180. Los proyectos de reforestación y restauración van de €22 a €50. Y el REDD+ de la Amazonía brasileña, el activo más grande y más antiguo de la categoría, se ofrece entre €12 y €15.
Pero adentro de ese promedio, la dispersión explotó.
Una tonelada de carbono no evitada es idéntica a otra tonelada de carbono no evitada. El mercado no está pagando por el gas. Está pagando por la certeza de que el gas efectivamente no se emitió, de que quien lo cobra es el dueño y de que nadie va a impugnar el título en cinco años. Brasil tiene el gas. Todavía no tiene la certeza.
El precio no mide carbono. Mide papeleo verificable.
La estructura de precios del mercado voluntario en los últimos dos años cuenta esa historia con precisión aritmética.
Según el informe State of the Voluntary Carbon Market de Ecosystem Marketplace, en 2024 el volumen transado cayó 25% y el precio promedio 5,5%, con 182 millones de toneladas retiradas entre los diez estándares más grandes: el volumen transado más bajo desde 2018. Pero adentro de ese promedio, la dispersión explotó. Los créditos de remoción se transaron con una prima de 381% sobre los de reducción, contra 245% el año anterior. Los créditos de añadas recientes —últimos cinco años— tuvieron una prima de 217%, contra 53% en 2023.
En 2025 los retiros cayeron otro 7%, a 157 millones de toneladas, según Carbon Direct. Muy lejos de las proyecciones que hablaban de más de mil millones de toneladas de demanda hacia 2030.
Eso no es un mercado en recesión. Es un mercado que se partió en dos. Arriba, activos escasos con metodología dura y comprador identificable —el reporte de Carbon Direct calcula que una sola compañía, Microsoft, concentra alrededor de 60% de los contratos de remoción basada en naturaleza. Abajo, un océano de créditos forestales antiguos que nadie quiere tocar porque no sabe si la tonelada existe.
Brasil está abajo. Y no por el bosque.
El registro de propiedad es el problema, no la deforestación.
El dato que ordena todo el asunto no es climático. Es catastral.
El Observatório das Florestas Públicas, del IPAM junto al movimiento Amazônia em Pé, calculó que las florestas públicas no destinadas de la Amazonía suman 49,5 millones de hectáreas en polígonos grandes —56,5 millones incluyendo las áreas menores— y que 61,2% de esa superficie está registrada como propiedad privada en el Cadastro Ambiental Rural. Son unos 30,3 millones de hectáreas de tierra pública inscrita como si tuviera dueño. Esas mismas florestas almacenan alrededor de 7.800 millones de toneladas de carbono.
El CAR es autodeclaratorio. Fue diseñado como instrumento ambiental, no como registro de propiedad. Y en la práctica funcionó como el primer paso de la grilagem: se declara, se cerca, se explota, se regulariza.
Cuando ese sistema se conecta a un mercado que paga por hectárea conservada, el resultado es predecible. La Operação Greenwashing de la Policía Federal, en el sur de Amazonas, desarmó un esquema que se apropió de al menos 530 mil hectáreas de tierras públicas de la Unión, valuadas en cerca de R$800 millones, con el objetivo declarado de controlar 3,5 millones de hectáreas en seis municipios. El grupo generó al menos R$120 millones vendiendo créditos de carbono sobre esas tierras, certificados a través de Verra, y extrajo más de un millón de metros cúbicos de madera con planes de manejo falsificados, por un valor calculado de R$600 millones. La investigación identificó participación de funcionarios públicos en regularización fundiaria, licenciamiento ambiental y notarías.
No hubo falla de metodología climática. Hubo falla de título. El proyecto medía correctamente el carbono de un bosque que no era de quien lo vendía.
Ese es el descuento que el mercado le aplica a Brasil. No es escepticismo ambientalista. Es riesgo de contraparte.
El mercado regulado existe en el papel y no en la caja.
Brasil aprobó su sistema de comercio de emisiones con la Ley 15.042, sancionada en diciembre de 2024. Es una buena ley y llega tarde a su propia implementación.
El calendario real, según la Secretaría Extraordinaria del Mercado de Carbono del Ministerio de Hacienda, es el siguiente. La primera fase de reglamentación debe completarse hacia diciembre de 2026. El reporte obligatorio de emisiones empieza en 2027. Entre 2028 y 2029 los operadores con más de diez mil toneladas anuales presentan planes de monitoreo. La fase plena de negociación, con tope de emisiones y plan de asignación, arranca en 2030. La implementación completa se proyecta para 2031. El Comité Técnico Consultivo Permanente que asiste ese proceso tuvo su primera reunión el 24 de marzo de 2026.
Es decir: entre la firma de la ley y el primer día de mercado real hay seis años. Cualquier operador que esté armando su estrategia de descarbonización sobre el supuesto de que el SBCE le va a dar liquidez está mirando una fecha que todavía no existe.
Y el diseño tiene un agujero que sus propios técnicos reconocen. Deben reportar quienes emiten más de diez mil toneladas anuales; deben compensar solo quienes superan las veinticinco mil. Ese universo regulado equivale a cerca de 0,05% de las empresas activas del país. Más importante: la agropecuaria quedó fuera, por presión de la bancada ruralista. Según los datos del SEEG y del Observatório do Clima, la agropecuaria representa alrededor de 73% de las emisiones brasileñas contando ganadería y cambio de uso del suelo. El sistema regula menos de 30% de las fuentes nacionales.
Un mercado de carbono que excluye tres cuartas partes de las emisiones no es un mecanismo de precio. Es una obligación contable para el sector industrial.
La consulta previa no es un trámite. Es costo de capital.
El acuerdo de Pará es el mejor ejemplo de lo que pasa cuando se salta ese paso.
En junio de 2025 el Ministério Público Federal pidió anular el contrato. Los argumentos no fueron ambientales. Fueron tres: que Pará no tenía todavía un sistema jurisdiccional de REDD+ legalmente aprobado; que el acuerdo constituía venta anticipada de reducciones no verificadas, prohibida por la propia ley de mercado de carbono de 2024; y que se firmó sin consulta libre, previa e informada a pueblos indígenas y comunidades tradicionales. Los fiscales pidieron R$200 millones por comercialización prematura de activos ambientales. Comunidades reportaron ventanas de consulta de cinco días, contra sus propios protocolos, que exigen procesos de varias etapas.
El reparto de beneficios que terminó sobre la mesa asigna 24% a comunidades indígenas, 15% al gobierno estatal, 14% a comunidades quilombolas y 7% al sector agropecuario. Hasta mediados de 2026 el caso seguía abierto en tribunales.
Ese reparto es el dato más honesto de toda la operación. Casi cuatro de cada diez reales comprometidos terminan en manos de comunidades tradicionales, y esa proporción no venía del diseño original: apareció cuando alguien tuvo que sentarse a negociarla. La consulta previa no es una formalidad que encarece. Es el mecanismo por el cual se descubre el precio verdadero del activo. Un proyecto que le da cinco días de ventana a diecisiete territorios quilombolas para decidir si participan no descubrió el precio. Descubrió que nadie estaba mirando.
Para quien invierte, la traducción es directa. En la Amazonía, el costo de la consulta se paga antes o se paga después, con intereses, en tribunales, y con un descuento permanente sobre el precio del crédito. Los US$15 por tonelada de Pará son, en parte, el precio de un activo cuya titularidad social todavía está en disputa.
El TFFF no es un mercado. Es un subsidio. Y eso es la noticia.
Lo más relevante que salió de la COP30 en Belém no fue una decisión de la COP.
La decisión final, el llamado Mutirão, aprobada el 22 de noviembre de 2025, no incluyó ni una hoja de ruta para el abandono de los combustibles fósiles ni una para revertir la deforestación. Sí incluyó el compromiso de triplicar el financiamiento de adaptación hacia 2035, directrices para el Fondo de Pérdidas y Daños, los primeros indicadores internacionales de adaptación y el registro de que 122 países presentaron metas actualizadas a 2035. Las hojas de ruta sobre deforestación y transición energética quedaron como documentos de la presidencia, fuera del acuerdo formal.
Lo que sí ocurrió fue el Tropical Forest Forever Facility. Al cierre de la COP30 acumulaba más de US$6.700 millones comprometidos: US$3.000 millones de Noruega, €1.000 millones de Alemania a diez años, US$1.000 millones de Brasil, US$1.000 millones de Indonesia, €500 millones condicionales de Francia, más aportes menores. El Banco Mundial actúa como fideicomisario y anfitrión interino desde octubre de 2025. Los pagos se calculan con datos satelitales de cobertura de dosel, medidos anualmente. Y al menos 20% de los pagos debe ir a pueblos indígenas y comunidades locales.
El TFFF no es un mercado de carbono. Es un pago por hectárea conservada, financiado con rendimiento de un fondo, con verificación satelital y un piso de reparto obligatorio. Esa arquitectura evita exactamente los tres problemas que hundieron al REDD+ voluntario: no necesita probar adicionalidad proyecto por proyecto, no depende de la titularidad privada de la tierra y no deja el reparto a la negociación bilateral entre una consultora y una comunidad.
Es una admisión implícita de algo incómodo: para pagar por bosque en pie, la contabilidad soberana funciona mejor que la contabilidad de proyecto. Brasil consiguió que el mundo le pagara por su bosque cuando dejó de intentar venderlo como crédito.
Mientras tanto, la deforestación cayó. El PRODES del INPE, divulgado el 30 de octubre de 2025, midió 5.796 kilómetros cuadrados en la Amazonía, 11,08% menos que el año anterior y el menor índice de los últimos once años; el Cerrado registró 7.235 kilómetros cuadrados, 11,49% menos. Brasil está entregando el producto físico. El problema sigue siendo el instrumento financiero.
El contraargumento honesto: el mercado va a madurar y Brasil está en la mejor posición.
Quien piensa lo contrario dice, con razón, que estamos mirando el peor momento del ciclo. Que los estándares se están endureciendo, que el ICVCM ya está diferenciando calidad con efecto de precio observable, que el Artículo 6.4 del Acuerdo de París emitió sus primeros créditos el 26 de febrero de 2026 —un proyecto de cocción limpia en Myanmar autorizado a Corea del Sur, con reducciones acreditadas alrededor de 40% menores que las que habrían salido bajo los sistemas antiguos— y que hay más de 165 proyectos del antiguo MDL esperando transición. Que CORSIA generará demanda de cumplimiento. Y que cuando ese ciclo se ordene, el país con el mayor stock forestal del mundo será el mayor vendedor por definición.
Todo eso es probablemente cierto. Y no cambia el diagnóstico, porque la restricción brasileña no está en la demanda. Está en la oferta certificable.
Si mañana apareciera un comprador dispuesto a pagar €40 por tonelada de REDD+ amazónico con título limpio, consulta previa completa y reparto verificable, Brasil no podría entregar ese volumen rápido. No porque falte bosque. Porque 61,2% de las florestas públicas no destinadas están inscritas como privadas, porque la destinación de tierras públicas avanza a ritmo administrativo y porque cada proyecto sobre territorio tradicional necesita un proceso de consulta que dura años y que, hecho bien, reasigna una parte sustancial del ingreso del proyecto.
La maduración del mercado no resuelve un problema de catastro. Lo hace más caro de ignorar.
La consecuencia operativa.
Para quien opera en Brasil o compra créditos en la región, hay tres decisiones concretas.
La primera: dejar de contratar carbono por precio y empezar a contratarlo por cadena de título. El descuento del REDD+ amazónico no es una oportunidad de arbitraje. Es la prima de riesgo de un activo cuya escritura puede caerse. Si el proyecto está sobre floresta pública no destinada, el precio bajo es correcto.
La segunda: tratar la consulta previa como línea de capex, no como gasto de relaciones comunitarias. El caso de Pará muestra el orden de magnitud: la diferencia entre hacerla y no hacerla se midió en decenas de puntos porcentuales de reparto, en una demanda de R$200 millones y en años de litigio sobre un contrato de hasta US$180 millones.
La tercera, y la más incómoda para el ecosistema climático brasileño: el vehículo que hoy tiene dinero comprometido, gobernanza definida y verificación satelital no es el mercado de carbono. Es un fondo soberano de pago por conservación con más de US$6.700 millones y un piso de 20% para pueblos indígenas. Quien esté armando negocio de carbono en la Amazonía debería preguntarse si está construyendo un producto para un mercado que llega en 2030 o para un mecanismo que ya tiene caja.
Brasil vendió carbono durante quince años. Recién ahora está construyendo lo único que hace vendible un crédito: un registro que alguien más esté dispuesto a creer.
La mesa
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