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Trabajo · Santiago

La reducción de jornada no es un costo. Es un rediseño.

Chile ya está en 42 horas. Colombia llega en julio. México firmó el calendario hasta 2030. Las empresas que lo pusieron en la línea de costos van a pagarlo dos veces.

10 min·21 ago

Daniel Pinto

Un medio de Interadia · Santiago·10 min·21 de agosto de 2026

WA
Escritorio y calendario de una jornada
La reducción de jornada es un rediseño, no un costo.

El 26 de abril de 2026, la jornada laboral ordinaria en Chile bajó de 44 a 42 horas semanales. Fue la segunda etapa de la Ley 21.561, que entró en vigencia el 26 de abril de 2024 y termina en 40 horas el 26 de abril de 2028. La instrucción operativa fue precisa hasta el detalle: en jornadas de cinco días, hay que descontar una hora en dos días de la semana; en jornadas de seis días, cincuenta minutos en dos días y veinte minutos en otro.

Ese nivel de detalle es revelador. La ley no le pidió a las empresas que produjeran menos. Le pidió que produjeran lo mismo en menos tiempo y que escribieran cómo. La mayoría escribió el descuento de horas y no escribió nada más.

La mayoría escribió el descuento de horas y no escribió nada más.

Daniel Pinto

Ese es el error que se está pagando en tres países al mismo tiempo.

Los tres calendarios, sin adornos.

Conviene tener claro el estado real de tramitación, porque circula mucha confusión y las decisiones de contratación se están tomando sobre supuestos equivocados.

Chile tiene ley vigente y en implementación gradual. Ley 21.561, en vigor desde abril de 2024: 44 horas en 2024, 42 desde abril de 2026, 40 desde abril de 2028. La norma trae mecanismos de adaptación explícitos: jornada 4x3, promedio de horas en ciclos de hasta cuatro semanas, bandas horarias de entrada y salida, compensación con descansos y regímenes especiales para transporte y agricultura, que se mantienen en 42 horas hasta 2028. Una empresa puede adelantarse al calendario sin restricción legal.

México tiene reforma constitucional publicada y calendario abierto. El decreto que modifica el artículo 123 constitucional se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 3 de marzo de 2026. La reducción no arranca de inmediato: se aplica de forma gradual desde el 1 de enero de 2027, con 46 horas en 2027, 44 en 2028, 42 en 2029 y 40 en 2030. El decreto establece que la reducción no puede implicar disminución de salarios ni prestaciones, y le da al Congreso un plazo de 90 días para reformar la legislación secundaria. Es decir: el principio está en la Constitución, la mecánica todavía se está escribiendo en la Ley Federal del Trabajo.

Colombia tiene dos normas superpuestas y conviene no confundirlas, porque hacen cosas distintas. La reducción de jornada viene de la Ley 2101 de 2021, que bajó la jornada máxima desde 48 horas por etapas: 47 en 2023, 46 en 2024, 44 en 2025 y 42 desde el 15 de julio de 2026. Sobre ese calendario se montó la Ley 2466 de 2025, la reforma laboral sancionada el 25 de junio de 2025, que es la que encarece cada hora: el recargo nocturno arranca a las 7:00 p.m. con 35%, el recargo por dominicales y festivos sube de 80% a 90% el 1 de julio de 2026 y llega a 100% en 2027, y se limitan las renovaciones de los contratos a término fijo, sin efecto retroactivo sobre contratos anteriores a junio de 2025. Una norma quita horas. La otra sube el precio de las que quedan. Llegan juntas al mismo semestre.

Tres países, tres velocidades, un mismo problema de gestión.

El costo se está midiendo. El rediseño no.

Colombia es el caso donde ya hay número. El Centro de Estudios Económicos Anif calculó, en un análisis publicado el 2 de marzo de 2026, que el costo por hora laboral pasa de $7.736 en el primer semestre de 2025 a $9.948 en el primer semestre de 2026 y a $10.422 en el segundo semestre: un aumento de 34,7% en doce meses.

Ese titular se usó para todo. Pero el desagregado dice otra cosa. Según el mismo cálculo, cerca del 80% del incremento se explica por el ajuste del salario mínimo y alrededor del 20% por la reducción progresiva de jornada. La reducción de horas está recibiendo la factura de una decisión que tomó otro.

El resto de la evidencia colombiana es de expectativas, no de resultados. Una encuesta de Fenalco citada por El Colombiano en abril de 2026 encontró que el 40% de las empresas ya redujo operaciones nocturnas, dominicales o festivas y otro 27% planea hacerlo; que el 51% de los empresarios se siente sin preparación para absorber los nuevos costos; y que el 71% anticipa reducciones de empleo durante 2026. La consultora Crowe Co Colombia estimó que hasta 30% de las pymes podría desaparecer por el alza de costos laborales.

Contra esas expectativas está lo medido. En el balance de la Universidad de los Andes sobre la Ley 2466, entre abril de 2025 y abril de 2026 la desocupación bajó 1,1 puntos, la ocupación subió 0,7 y la informalidad tuvo una leve reducción, aunque sigue en 55,3% según el DANE. El economista Óscar Becerra planteaba que la informalidad podría mantenerse estable en el corto plazo, con riesgos si el escenario económico se deteriora.

Es decir: el desastre anunciado no se materializó en el primer año. Y las etapas más caras todavía no llegaron. Ninguna de las dos cosas cancela a la otra.

La evidencia internacional no dice que menos horas rinden más. Dice que rediseñar rinde.

Acá hay que ser preciso, porque la literatura sobre jornada reducida se cita mal en las dos direcciones.

El estudio más grande hasta ahora se publicó en Nature Human Behaviour el 21 de julio de 2025, con autoría de Wen Fan, Juliet Schor, Orla Kelly y Guolin Gu. Siguió a 2.896 trabajadores en 141 organizaciones de seis países durante un ensayo de seis meses. Los resultados: menos burnout, mayor satisfacción laboral, mejor salud física y mental, y trabajadores que se percibieron igual de productivos. El 90% de las compañías participantes mantuvo el esquema después del ensayo.

Las limitaciones son tan importantes como el hallazgo, y los propios autores las enumeran: las empresas se ofrecieron voluntariamente, lo que sesga la muestra; los resultados son autorreportados, con el incentivo obvio de conservar el día libre; no hubo grupo de control; y el estudio no midió productividad organizacional agregada. Los investigadores pidieron explícitamente estudios aleatorizados.

Pero el dato que importa para esta discusión no es el bienestar. Es el mecanismo. En el relato de los propios equipos de investigación, las compañías que lo lograron no comprimieron cinco días en cuatro. Eliminaron actividades de bajo valor y recortaron reuniones de forma significativa, reemplazándolas por llamadas y mensajería. El foco explícito estuvo en la organización, no en métricas individuales de productividad.

Traducido: el resultado no vino de la jornada. Vino de la auditoría de procesos que la jornada obligó a hacer. La reducción de horas fue el pretexto, no la causa.

Esa distinción decide quién gana y quién pierde con las reformas chilena, mexicana y colombiana. La empresa que solo descuenta horas se queda con los mismos procesos, la misma cantidad de reuniones y el mismo volumen de trabajo, ejecutados en menos tiempo. Eso tiene dos salidas: horas extra, que en Colombia además ahora se pagan con recargos más altos, o incumplimiento silencioso. Las dos son caras.

El sector define casi todo, y por eso el promedio no sirve.

En trabajo de conocimiento, la jornada es una unidad administrativa. Nadie factura por hora de presencia y la mayor parte del tiempo perdido está en coordinación, no en producción. Ahí el rediseño es barato y el margen de mejora es grande: menos reuniones, menos aprobaciones en serie, menos trabajo duplicado entre equipos.

En retail, gastronomía, salud y logística, la hora es el producto. Reducir jornada sin cambiar la dotación reduce cobertura. El rediseño existe, pero es de turnos, de layout y de demanda, y cuesta capital: automatización de caja, reprogramación de picos, cierre de franjas de baja rotación. Eso es exactamente lo que muestra el dato de Fenalco cuando dice que 40% de las empresas ya redujo operaciones nocturnas o dominicales. No están rediseñando. Están recortando servicio.

En manufactura, la variable es el aprovechamiento de la capacidad instalada. Reducir la jornada individual no obliga a reducir las horas de la planta si se rediseña el esquema de turnos. Es el caso donde más claro se ve que el problema no es la ley: es el organigrama de operaciones.

Y en la base de la pirámide, donde el salario mínimo es la referencia, no hay proceso que rediseñar. El dato de Anif es contundente: el 63% de los trabajadores de empresas de 1 a 5 empleados gana cerca del mínimo, y el 58,2% en empresas de 6 a 10. Una microempresa con cuatro empleados no tiene reuniones para eliminar. Tiene cuatro personas atendiendo.

Lo que hay que rediseñar tiene nombre y apellido.

Rediseñar procesos suena a consultoría. En la práctica, en una empresa mediana de la región, son cuatro conversaciones concretas y ninguna requiere un proyecto de transformación.

La primera es la agenda. En la mayoría de las organizaciones nadie sabe cuántas horas semanales de nómina se consumen en reuniones, porque nadie lo midió nunca. El dato existe en el calendario corporativo y se puede extraer en una tarde. En los ensayos de jornada reducida que funcionaron, el recorte de reuniones fue la primera palanca y la más grande: reemplazar convocatorias por llamadas cortas y mensajería asíncrona liberó tiempo sin tocar el trabajo real.

La segunda es la cadena de aprobaciones. Cada firma que necesita un proceso agrega tiempo de espera, no tiempo de trabajo. Una compra que requiere cuatro autorizaciones no consume cuatro horas: consume cuatro días de calendario y varias interrupciones. Bajar el umbral de aprobación por monto es la reforma más barata que existe y casi ninguna empresa la hace hasta que tiene una crisis.

La tercera es el trabajo duplicado entre áreas. El mismo reporte armado dos veces con criterios distintos, la misma conciliación hecha en dos sistemas, el mismo cliente contactado por dos equipos. Eso no se resuelve con software. Se resuelve decidiendo quién es el dueño del dato y aceptando que el otro pierda su versión.

La cuarta es el trabajo que se rehace por falta de definición. Es el más caro y el menos visible, porque se contabiliza como trabajo normal. Una especificación ambigua al inicio de un proyecto consume, en horas de corrección, mucho más que las horas que hubiera costado definirla bien.

Ninguna de las cuatro requiere permiso de la ley. Todas se podían haber hecho antes. La reforma de jornada no las creó. Solo eliminó la excusa de posponerlas.

El contraargumento honesto.

Quien sostiene que la reducción de jornada es un costo puro tiene razón en un tramo específico y sería deshonesto no decirlo.

En empresas intensivas en mano de obra, con salarios cerca del mínimo y sin capital para automatizar, la reducción de horas es un aumento del costo por unidad producida y no hay rediseño posible en el plazo que da la ley. Ahí la elección real es entre menos horas de servicio, más informalidad o menos empleo. Colombia entra a ese tramo en julio de 2026 con informalidad de 55,3% y una tasa de política monetaria que se sostuvo en 11,25% hasta abril y subió a 12% en junio de 2026. Crédito caro más costo laboral en alza es una combinación mala para financiar cualquier rediseño que requiera inversión.

También hay un punto metodológico válido: casi toda la evidencia favorable sobre jornada reducida viene de empresas de servicios profesionales de países ricos que se ofrecieron voluntariamente. Extrapolar eso a una cadena de farmacias en Barranquilla es un salto que la evidencia no autoriza.

Igual está incompleto, por una razón simple: la ley no es una variable que la empresa pueda elegir. En Chile ya rige. En Colombia rige en julio. En México el calendario está en la Constitución. Discutir si conviene es una conversación de 2023. La conversación de 2026 es cómo se ejecuta. Y en esa conversación, tratar la reducción como una línea del presupuesto en vez de como un proyecto de operaciones garantiza el peor resultado disponible: se pagan las horas, no se recupera la productividad y encima se pierde el argumento con el equipo.

Consecuencia operativa.

Si tu empresa opera en Chile, Colombia o México, la reducción de jornada ya no es un tema de recursos humanos. Es un proyecto de operaciones con dueño, presupuesto y fecha.

Tres cosas que se pueden hacer antes de la próxima etapa. Primero, medir dónde se va el tiempo antes de recortarlo: cuántas horas de la semana están en reuniones, cuántas aprobaciones tiene un proceso típico y cuántas veces se rehace trabajo por falta de definición. Sin esa línea de base, cualquier reducción es a ciegas.

Segundo, usar los mecanismos que la propia ley entrega en lugar de pelearlos. En Chile eso significa promedios en ciclos de hasta cuatro semanas, bandas horarias y esquemas 4x3 acordados por escrito. Son herramientas de diseño, no escapatorias.

Tercero, separar los negocios donde la hora es administrativa de aquellos donde la hora es el producto, y no aplicarles la misma política. Un mismo grupo puede necesitar rediseño de procesos en una unidad y rediseño de turnos con inversión de capital en la otra.

La empresa que hace eso llega a 2028 con la misma producción y menos horas. La que descuenta horas y sigue igual va a llegar con la misma producción, más horas extra y una conversación pendiente con la inspección del trabajo.

La mesa

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