
Contra · Latam
Dejen de llamarle ecosistema. Es una cadena de proveedores.
Los bosques no cobran membresías. Los arrecifes no venden stands. La metáfora biológica sirve para una sola cosa: hacer que las relaciones de poder parezcan clima.
Daniel Pinto
Opinión firmada · Latam·10 min·3 de agosto de 2026

Un ecosistema no funciona así. Una cadena de proveedores, sí.
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El informe anual más citado sobre inversión de riesgo en América Latina cuesta 795 dólares, o está incluido si eres miembro de la asociación que lo publica. Esa asociación tiene como miembros a los fondos cuyos datos el informe agrega.
No hay nada ilegítimo en eso. Producir datos cuesta dinero y alguien tiene que pagarlo. Pero conviene decir en voz alta lo que la frase describe: los actores medidos financian al medidor, y el resultado es el documento que la prensa regional cita como si fuera una estadística pública.
Un ecosistema no funciona así. Una cadena de proveedores, sí.
La metáfora biológica hace desaparecer al que cobra
Cuando decimos "ecosistema emprendedor" activamos un conjunto de supuestos: que hay equilibrio, que las partes se benefician mutuamente, que nadie tiene poder de fijar precios, que los resultados emergen de la interacción y no de decisiones. Ninguno de esos supuestos es cierto.
Lo que hay es una cadena con eslabones identificables. Alguien pone capital y cobra comisión de gestión y participación en ganancias. Alguien vende un programa de aceleración a cambio de participación accionaria. Alguien vende infraestructura de nube con créditos iniciales que después se convierten en costo fijo. Alguien vende servicios legales, contables y de nómina. Alguien vende visibilidad: entradas, patrocinios, stands, premios, listas. Alguien vende reclutamiento. Alguien administra un programa público con presupuesto asignado, indicadores de gestión y necesidad de renovarlo.
Y en el otro extremo está la compañía, que es simultáneamente el cliente de todos ellos y el activo que todos ellos reportan como resultado propio.
Llamarle ecosistema a esa cadena no es un error de estilo. Es una función. La palabra hace que la pregunta correcta —quién le vende a quién, y a qué precio— suene grosera.
El capital dejó de repartirse y empezó a acumularse
En 2020, los gestores con seis fondos o más de trayectoria capturaban 61% del capital levantado para estrategias latinoamericanas. En 2022, 80%. En el primer semestre de 2025, 88%.
Entre 2021 y mediados de 2025 hubo 231 gestores levantando fondos en la región, 174 de ellos en capital de riesgo. Casi todos compitiendo por el 12% que no se llevaron los establecidos.
El contraste con la historia previa es útil. Entre 2006 y 2010 hubo 74 gestores levantando en la región. Entre 2011 y 2015, 123. Entre 2016 y 2020, apenas 63. Y entre 2021 y mediados de 2025, 231. El número de firmas se triplicó en el período más reciente mientras la proporción del capital que va a los establecidos subía de 61% a 88%.
Más gestores, menos dinero disponible para los nuevos. Eso no es un mercado que se está profundizando. Es un mercado que se está estratificando.
Del lado de la inversión, la concentración es igual de nítida. En 2025, las cinco compañías que más levantaron capital de riesgo en la región se llevaron cerca de una cuarta parte de todos los dólares desplegados. Cinco compañías. Una región de seiscientos millones de personas.
Esto importa porque define quién puede tomar riesgo de tesis. Un gestor establecido, con un fondo grande y una base de inversionistas institucionales, tiene que desplegar cheques grandes en sectores defendibles ante su comité. Un gestor emergente es el que puede financiar la compañía de logística en Barranquilla, el software de trazabilidad agrícola en Rosario, la fintech de nómina en Guayaquil. Ese gestor es exactamente el que se quedó sin capital entre 2022 y 2025.
Cuando 88% del dinero va a los mismos, la diversidad de lo que se financia no se reduce por prejuicio. Se reduce por estructura.
El Estado no es el árbitro de la cadena. Es un cliente más, con presupuesto público.
Start-Up Chile cumplió quince años en 2025. Sus cifras propias son las mejores que tiene cualquier programa público de la región, y por eso vale la pena leerlas completas.
Más de 3.000 startups apoyadas. La inversión pública acumulada del programa es de 94 millones de dólares. El portafolio se valorizaba en 6.500 millones de dólares en 2024, es decir, 68 veces esa inversión pública. Noventa salidas registradas. Una tasa de supervivencia de 63,8% para compañías con más de tres años. 36.796 empleos creados y 136 millones de dólares en impuestos pagados en Chile hasta 2023. El capital privado levantado por el portafolio suma 1.880 millones de dólares.
Ahora los otros números del mismo reporte. El 62% de las startups apoyadas por el programa son extranjeras, no chilenas. De ellas, 68,7% mantuvo operaciones en Chile. Y del capital privado levantado por el portafolio completo, 97,1% fue a compañías lideradas por hombres; 2,9% a compañías lideradas por mujeres.
Ese último dato es el que merece detenerse. Un programa público, con criterios de selección propios, discrecionalidad total sobre a quién admite y quince años de operación, reprodujo la distribución de capital del mercado privado casi sin desviación. No la corrigió. La ratificó con dinero de contribuyentes.
Y hay una pregunta que el múltiplo de 68x no responde: cuántas de esas compañías habrían existido igual. Un programa que selecciona a los mejores postulantes de un pool internacional y después reporta el desempeño de los seleccionados está midiendo su capacidad de elegir, no su capacidad de causar. Son dos cosas distintas y solo una justifica el presupuesto.
Los multilaterales miden lo que pueden reportar, no lo que cambió
La evaluación independiente de BID Lab, el brazo de innovación del Banco Interamericano de Desarrollo, revisó una cartera de 320 proyectos aprobados entre 2016 y 2020, con 381,6 millones de dólares de capital comprometido.
El hallazgo titular es positivo: alrededor de 80% de los proyectos suficientemente avanzados iban camino de cumplir sus objetivos declarados. El hallazgo real está en la letra chica. Para 20% de la cartera no había datos suficientes para saberlo, y de ese subconjunto, menos de la mitad mostraba trayectoria positiva. Los proyectos dirigidos explícitamente a poblaciones pobres y vulnerables mostraron tasas de éxito más bajas que el resto.
Sobre escalamiento —que es la razón declarada de existir de un laboratorio de innovación dentro de un banco de desarrollo—, un tercio de los proyectos completados fue escalado o replicado. Solo un cuarto cumplió o superó su propio plan de escalamiento. Y en 23% de los proyectos completados no había información suficiente para determinarlo.
La evaluación es explícita sobre la causa: las prácticas de seguimiento presentan deficiencias importantes, con registro apenas parcial de los indicadores establecidos. Y aunque tres cuartas partes de los proyectos declaran generación de conocimiento como objetivo, no existe seguimiento sistemático de si esos productos de conocimiento se materializan.
Traducido: la institución que financia la innovación regional no puede decir con precisión qué produjo. No por mala fe. Porque el sistema de medición está diseñado para reportar ejecución presupuestaria, no efecto.
El mismo patrón aparece en las cifras públicas de iNNpulsa Colombia. En su reporte de gestión, el programa ALDEA registra 283 empresas beneficiadas y 168 empresas aceleradas. Al lado, en la misma página de resultados, aparece Héroes Fest con 40.487 personas impactadas en cinco ediciones, Héroes Talks con 2.712 personas en 22 sesiones y Emprendetones con 2.863 personas en 18 talleres.
Personas impactadas en un evento no es un resultado. Es asistencia. Cuando el indicador de un programa de fomento empresarial es la audiencia, lo que se está optimizando es la audiencia.
Las aceleradoras seleccionan bien. Eso no es lo mismo que acelerar.
Un metaanálisis publicado en 2025 en el Journal of Technology Transfer revisó 21 estudios primarios y 68 tamaños de efecto sobre el impacto de las aceleradoras en el desempeño de nuevas empresas.
El resultado agregado es un efecto positivo estadísticamente significativo. Ese es el titular que circula. Los autores agregan tres advertencias que no circulan.
La primera: la heterogeneidad entre estudios es sustancial. El efecto depende fuertemente del diseño del programa, su duración, el tamaño de la cohorte, el tipo de patrocinador y el contexto regional. No hay un efecto "de las aceleradoras". Hay efectos de programas específicos, algunos positivos y otros no.
La segunda: existe sesgo de selección dentro de los programas. Los emprendimientos con financiamiento previo son sistemáticamente preferidos en la admisión. Un programa que admite a los que ya levantaron capital y después reporta que sus egresados levantan capital está midiendo su propio filtro.
La tercera: hay sesgo de publicación a favor de los hallazgos positivos. Los estudios que no encuentran efecto se publican menos.
Nada de esto dice que las aceleradoras no sirvan. Dice que la evidencia disponible no permite afirmar lo que el sector afirma rutinariamente, y que buena parte del efecto observado es atribuible a que eligen bien, no a que transforman.
El medio y el evento también son eslabones. Este también.
Falta el eslabón que decide qué se cuenta.
La prensa especializada del sector y los eventos que lo convocan se financian con publicidad, patrocinios, entradas y, en algunos casos, con acuerdos de contenido con los mismos fondos y programas públicos sobre los que informan. Ese no es un secreto ni una acusación: es el modelo de negocio estándar de la prensa de nicho en cualquier industria.
Lo que sí conviene nombrar es el efecto sobre el contenido. Un anuncio de ronda es gratis de producir, llega listo en un comunicado, tiene una cifra grande en el titular y produce tráfico. Un cierre de operaciones requiere reportería, produce enemistades y no tiene comunicado. La asimetría de costo entre cubrir una entrada de capital y cubrir una salida del mercado es enorme, y explica sola por qué el registro público del sector está tan sesgado hacia el optimismo.
De ahí sale la distorsión más cara para un fundador: la sensación de que levantar capital es el hito y operar es el detalle. Nadie decidió eso. Es lo que emerge cuando la unidad noticiable barata es la ronda.
Y sobre los datos, el punto del principio. La estadística que ordena la conversación regional —cuánto se invirtió, en qué, quién lideró— la produce el gremio de los inversionistas y se vende por membresía o por unidad. No hay un equivalente público, gratuito y auditado. Eso significa que la definición misma de qué cuenta como una operación, qué se considera etapa temprana y qué se incluye en el total la fija un actor que tiene interés en el resultado.
No hay conspiración en eso. Hay estructura. Y cuando el que mide es también el que es medido, la cifra sigue siendo útil pero deja de ser neutral. Un medio que cita esa cifra sin decirlo —incluido este— está haciendo de correa de transmisión.
El contraargumento: la metáfora coordina, y hay bienes públicos reales
Quien defiende la palabra "ecosistema" dirá que sirve. Y sirve.
Una región donde no existía capital de riesgo institucional hace veinte años hoy tiene gestores locales, abogados que entienden una nota convertible, contadores que saben estructurar una holding, fundadores que ya hicieron esto antes y pueden asesorar a los que empiezan. Nada de eso se construyó solo. Programas públicos como Start-Up Chile importaron prácticas, entrenaron operadores y crearon la costumbre de que un país compita por fundadores. El efecto de red es real y la metáfora ayudó a convencer a ministerios de que valía la pena financiarlo.
Dirá además que exigirle a un programa público que demuestre causalidad limpia es una vara que no se le exige a ninguna otra política de fomento productivo, y tiene razón en eso.
Lo que está incompleto es la conclusión. De "esto produjo bienes públicos reales" no se sigue "por lo tanto no lo llamemos por su nombre". La cadena existe igual. Los incentivos existen igual. Un fundador que entra a este mercado creyendo que está entrando a un bioma cooperativo va a interpretar cada relación comercial como una relación de mentoría, y va a firmar cosas que no debería firmar.
La consecuencia operativa
Léelo como una cadena de proveedores, porque lo es.
Antes de aceptar cualquier oferta de este mercado, contesta cuatro preguntas. Quién paga esto. Qué recibe a cambio. Qué pasa con tu compañía si el programa, el fondo o el evento desaparece mañana. Y quién controla el dato con el que después vas a ser evaluado.
Un programa de aceleración que pide participación accionaria es un proveedor de servicios que cobra en equity. Compáralo con lo que costaría comprar esos mismos servicios en efectivo. Suele ser más caro de lo que parece.
Un evento que te vende un stand es publicidad. Trátalo con el mismo escepticismo de retorno que tratarías cualquier otra línea de marketing, y mídelo igual.
Un programa público que te da capital no reembolsable es el mejor negocio disponible, siempre que el costo de cumplimiento —reportes, indicadores, presencia obligatoria en actividades— no exceda el monto. Haz esa cuenta antes, no después.
Y si algún día tu compañía aparece en el reporte anual de alguien como evidencia de impacto, recuerda quién pagó el reporte.
La mesa
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