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Señales · São Paulo

La infraestructura económica no es neutral. Tiene pasaporte.

Los rieles financieros de internet se presentan como una capa universal. No lo son. Tienen dueño, jurisdicción y política de riesgo. América Latina los alquila, y el contrato de alquiler lo escribe otro.

Daniel Pinto

Un medio de Interadia · São Paulo·10 min·2 de septiembre de 2026

WA
Una tarjeta entra en un terminal de pago
Los rieles tienen pasaporte. América Latina los alquila.

En abril de 2026 el gobierno boliviano volvió a permitir que las tarjetas emitidas en el país sirvieran para comprar en el exterior

Daniel Pinto

En abril de 2026 el gobierno boliviano volvió a permitir que las tarjetas emitidas en el país sirvieran para comprar en el exterior. Habían pasado casi tres años. Durante ese periodo, según reportó Infobae, algunos bancos llegaron a autorizar veinticinco dólares semanales de gasto internacional por cliente. La medida que levantó la restricción entró en vigencia el 8 de abril de 2026, anunciada por el ministro de Economía José Gabriel Espinoza, con un tipo de cambio referencial publicado por el Banco Central de entre ocho y diez bolivianos por dólar, frente al oficial de 6,96 que no se movía desde 2011. Las tarjetas de crédito quedaron sin tope; las de débito, con un máximo de quinientos dólares mensuales ampliable por cada banco. La medida alcanza a 2,7 millones de usuarios y unos ocho millones de plásticos emitidos.

Durante tres años, un boliviano con una tarjeta perfectamente válida no pudo pagar una suscripción de software. Nadie lo bloqueó desde afuera. El país se quedó sin la divisa que los rieles exigen para funcionar. El efecto práctico es el mismo: la infraestructura estaba ahí y no servía.

La tesis, en corto

Stripe se define públicamente como constructora de infraestructura económica para internet y describe desde hace años su misión como aumentar el PIB de internet. En su propia página institucional sostiene que sus clientes procesan billones de dólares al año, equivalentes a cerca del 1,7% del PIB global, y presenta su trabajo como mejorar las condiciones para el crecimiento económico mediante infraestructura financiera programable.

Es una tesis coherente y, en buena medida, cumplida. Bajar el costo de aceptar un pago sí genera actividad económica que antes no existía. La discusión no es sobre si la infraestructura crea valor. Es sobre la palabra infraestructura.

Qué significa realmente "infraestructura"

Una infraestructura, en el sentido clásico, es un bien de acceso general: la red eléctrica, la carretera, el sistema de agua. No elige a quién sirve según su nacionalidad ni cambia sus condiciones porque un regulador extranjero cambió de opinión. Su falla es técnica, no política.

Los rieles financieros de internet no son eso. Son empresas privadas con domicilio fiscal, reguladores nacionales, obligaciones de sanciones, políticas de riesgo y listas de negocios prohibidos. En su mercado de origen la diferencia es invisible, porque la jurisdicción del proveedor y la del comerciante coinciden. Cuando coinciden, el riel se comporta como infraestructura. Cuando no, se comporta como lo que es: un contrato entre partes desiguales, redactado por una de ellas.

El detalle que casi nadie mira en la región es el mapa de cobertura. Los proveedores globales de pagos publican su lista de países soportados, y esa lista es más corta que el mapa de América Latina. Un fundador en Quito, en Asunción o en Managua no está eligiendo entre proveedores de infraestructura. Está buscando uno que lo acepte. Eso no es una acusación contra nadie: cada compañía decide dónde opera y por qué. Es una descripción de la posición en la que queda el que nació del lado corto.

El riesgo se administra por geografía, no por cliente

El fenómeno tiene nombre técnico y medición oficial. Se llama de-risking: cuando un banco corresponsal decide que el costo de cumplimiento de una relación supera su beneficio y la corta, no por el comportamiento de un cliente específico sino por el perfil del país o del sector.

El Banco de Pagos Internacionales lo documenta en su Boletín 87, de mayo de 2024, sobre la próxima generación de banca corresponsal. Entre 2011 y 2022 cayó tanto el número de corresponsales activos como el de corredores disponibles, mientras el valor de los pagos transfronterizos seguía creciendo. Menos puertas, más tráfico por cada puerta. El documento señala que los mercados emergentes son los más afectados por el encogimiento de los corredores, y es explícito sobre la causa: los bancos citan el riesgo de cumplimiento como razón principal para cortar relaciones, especialmente en países con gobernanza percibida como más débil. El BIS agrega la consecuencia: el mayor costo resultante pesa sobre la actividad económica real y, para los países de ingreso bajo, sobre la participación en el comercio global y en los canales de remesas.

Vale leer eso con cuidado, porque la conclusión no es que alguien discrimine. Es algo estructural y más difícil de resolver. El costo de cumplir con marcos de prevención de lavado y sanciones es en buena medida fijo por relación. Cuando el volumen del corredor es chico, ese costo fijo no se amortiza. El banco corresponsal no juzga a un país: hace una cuenta. Y la cuenta da mal precisamente donde el sistema financiero es más chico, que es donde más falta hace.

El resultado es una asimetría que ninguna empresa latinoamericana puede negociar individualmente. Tu historial impecable de doce años no cambia el hecho de que tu corredor entero tiene poco volumen. La unidad de análisis no eres tú.

La factura que nadie audita

Hay un costo que no aparece en ninguna de estas mediciones y que cualquier CFO regional puede calcular en una tarde: la diferencia entre procesar una venta con un adquirente local y procesarla a través de un riel transfronterizo.

Cuando la transacción cruza la frontera, se apilan tres cosas. La comisión del procesador. El componente adicional que las redes internacionales cobran cuando el emisor y el adquirente están en países distintos. Y el diferencial cambiario que aplica quien convierte. Ninguna de las tres se negocia desde acá con volumen suficiente para moverlas, y las tres viajan juntas en una sola línea del estado de resultados, casi siempre agrupada bajo "costos de procesamiento".

Falta el cuarto costo, el que de verdad duele: el rechazo. Una transacción que sale del país de origen se somete a modelos de riesgo entrenados con datos de otro mercado, que interpretan patrones latinoamericanos perfectamente normales como señales de fraude. Cada rechazo es una venta que ocurrió y no se cobró. En un negocio con márgenes de un dígito, unos puntos de tasa de aprobación deciden si hay utilidad o no.

Ese es el argumento económico más fuerte a favor de tener riel propio, y no tiene nada que ver con soberanía. Tiene que ver con quién entrena el modelo que decide si tu cliente parece sospechoso.

Concentración en la otra capa: el cómputo

Los pagos son la mitad visible. La otra es dónde corre el software.

Synergy Research midió en el tercer trimestre de 2025 un mercado global de servicios de infraestructura en la nube de 106.900 millones de dólares en el trimestre y 390.000 millones en doce meses. Amazon tenía 29%, Microsoft 20% y Google 13%: 63% entre tres compañías. La participación de Amazon promedió algo menos de 30% en los cuatro trimestres previos, contra poco más de 32% en 2021, y el cuarto jugador global es casi cuatro veces más chico que el tercero.

Ese es el punto: la competencia existe, pero ocurre entre tres actores que comparten jurisdicción, marco regulatorio y régimen de sanciones. Diversificar entre ellos reduce riesgo operativo. No reduce riesgo de país. Una compañía latinoamericana que corre en dos nubes distintas sigue dependiendo del mismo conjunto de decisiones tomadas fuera de la región.

Hay movimiento en la dirección correcta: los grandes proveedores han abierto regiones de infraestructura dentro de América Latina, lo que mejora latencia y permite argumentos de residencia de datos. Pero acerca el cómputo, no cambia la propiedad. El centro de datos está acá. La compañía no.

El impuesto también es un riel

La jurisdicción propia también puede volverse un peaje, y ese es el capítulo que la región suele omitir cuando habla de dependencia.

Argentina mantuvo durante cinco años el impuesto PAIS, que gravaba entre otras cosas las compras de bienes y servicios en el exterior y los servicios digitales. Venció el 23 de diciembre de 2024. Según el análisis de Chequeado, con el dólar oficial en 1.046 pesos, el tipo de cambio efectivo para consumos en el exterior bajó de 1.673,6 a 1.359,8 pesos, y el mayorista para importadores pasó de 1.099,45 a 1.025,42. Sobre servicios digitales el componente del impuesto era de 8%. El tributo había llegado a representar 5,21% de la recaudación total en 2024, contra 2,03% en 2020, y su eliminación se estimó en torno a 1,1% del PIB en ingresos fiscales resignados.

Durante cinco años, cualquier compañía argentina que pagara una licencia, un servicio en la nube o una pasarela de pagos extranjera lo hizo con una sobretasa que sus competidores del resto del mundo no pagaban. La infraestructura estaba disponible. El precio no era el mismo. Y el que puso el peaje fue el propio Estado, no un proveedor externo.

La lección incomoda a los dos bandos. La dependencia de rieles ajenos es real. Pero una parte del costo de operar sobre ellos lo agrega la política doméstica, y esa parte sí está bajo control regional.

Lo que la región sí está construyendo

La respuesta existe y es más interesante que el diagnóstico.

Colombia puso en marcha Bre-B, su sistema de pagos inmediatos interoperado. Según el Banco de la República, en poco más de siete meses acumuló 105 millones de llaves registradas y triplicó sus transacciones diarias, de 1,5 a 5 millones. Es un riel doméstico, público, interoperable entre entidades, y su costo marginal para el comercio no lo fija una red extranjera. Brasil ya había demostrado que la vía funciona y hoy el modelo se replica con variantes en varios países.

Lo relevante no es el nacionalismo tecnológico. Es la estructura de poder de negociación. Cuando existe un riel doméstico creíble, la comisión del riel extranjero deja de ser un precio impuesto y pasa a ser un precio negociado. La existencia de la alternativa vale aunque no la uses.

La frontera siguiente es la conexión entre sistemas nacionales sin pasar por una red internacional. Ya hay billeteras de un país habilitando pagos con el código QR del sistema instantáneo de otro. Son operaciones chicas comparadas con el volumen de las redes globales. También son la primera vez que dos países vecinos tienen un carril propio para el consumidor.

El contraargumento honesto

Quien defienda la tesis original tiene razón en tres cosas.

Primero, los rieles extranjeros hicieron posible una generación entera de compañías latinoamericanas. Sin procesadores globales, sin redes de tarjetas y sin nube pública, buena parte del comercio digital regional no existiría, y desde luego no habría existido tan rápido. Alquilar fue la decisión correcta durante quince años, y seguirlo llamando dependencia sin reconocer el beneficio es deshonesto.

Segundo, las políticas de riesgo no son arbitrarias ni malintencionadas. Un banco que corta una relación de corresponsalía responde a marcos regulatorios, a multas históricas enormes por incumplimientos y a un cálculo de costo que se volvió inviable en corredores de bajo volumen. El propio BIS lo plantea así. La solución razonable es abaratar el cumplimiento y estandarizar los datos de pago, no repartir culpas.

Tercero, la soberanía tiene precio. Construir rieles propios es caro, lento y produce fragmentación. Un sistema nacional que no interopera con nadie es peor que alquilar uno global. Los sistemas instantáneos regionales funcionan porque son interoperables por diseño y porque los reguladores obligaron a los incumbentes a participar. Sin esa condición, "riel propio" es solo otro silo con bandera.

Consecuencia operativa

Haz el inventario de tu dependencia y ponle nombre a cada línea. Para cada proveedor crítico —procesador, adquirente, red de tarjetas, nube, mensajería, corresponsal— anota tres cosas: en qué jurisdicción está domiciliado, qué régimen de sanciones lo obliga, y con cuánta anticipación puede cambiar unilateralmente el precio o cortar el servicio según su contrato. Ese documento no existe en la mayoría de las compañías de la región y se arma en una semana.

Después, para los tres proveedores donde no exista un sustituto local funcional, calcula el costo real de mantener un segundo carril y el tiempo de migración medido en semanas, no en intenciones. Si tu operación en un país depende de un solo riel extranjero y no tienes plan B probado, no tienes un riesgo de proveedor: tienes un riesgo de país concentrado en un contrato que no negociaste.

Y en tus proyecciones de margen a tres años, deja de asumir que la comisión de procesamiento transfronterizo baja sola. Baja donde existe un riel doméstico que compite. Donde no existe, sube.

La mesa

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