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Ideas · São Paulo

La región no necesita unicornios. Necesita infraestructura aburrida.

Brasil movió treinta y cinco billones de reales por un riel que no cobra comisión. México mueve dieciséis veces su PIB por un sistema que casi nadie sabe nombrar. El valor de la década se está creando en capas que no tienen keynote.

9 min·20 ago

Team Vander

Un medio de Interadia · São Paulo·9 min·20 de agosto de 2026

WA
Paulista, infraestructura que no pide keynote
El riel público no tiene cap table. Tiene cobertura.

Nadie lo valuó. No tiene cap table. Es la pieza de tecnología financiera más consecuente construida en la región en veinte años y no aparece en ningún ranking de startups.

Daniel Pinto

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El Banco Central do Brasil publicó en agosto de 2026 el balance de gestión del Pix del período 2023-2025. En 2025 el sistema procesó cerca de 80.000 millones de transacciones, 25.7% más que el año anterior, por un valor de R$35 billones, 33.8% más. Hay 920 millones de llaves registradas: 875.4 millones de personas físicas y 44.7 millones de empresas. El récord diario, el 5 de diciembre de 2025, fue de 313.3 millones de operaciones.

El número que importa está más abajo en el informe. Las transacciones de persona a empresa pasaron de representar 15% del volumen en 2020 a 43% en 2025. En cinco años, un sistema diseñado para que la gente se pasara plata entre sí se convirtió en la infraestructura de cobranza del comercio brasileño.

Nadie lo valuó. No tiene cap table. Es la pieza de tecnología financiera más consecuente construida en la región en veinte años y no aparece en ningún ranking de startups.

El Estado hizo lo que el sector privado no quiso hacer: cobertura sin excepciones.

El detalle que separa al Pix de cualquier intento privado de la última década está en la base de usuarios activos, no en el volumen. En diciembre de 2025 había 148.3 millones de personas físicas activas en el sistema, el 86% de la población adulta brasileña, y 12.8 millones de empresas activas, 15.8% más que el año anterior y algo más de la mitad de todas las empresas activas del país. El pico mensual de diciembre movió R$3.7 billones.

Ninguna compañía privada de la región tiene ni tendrá ese alcance, y la razón no es tecnológica. Un actor privado maximiza margen y por lo tanto segmenta: descarta al cliente que no paga su costo de servicio. Un banco central obligado a la interoperabilidad no puede descartar a nadie. Esa incapacidad de segmentar, que en un negocio sería un defecto, es exactamente lo que produce cobertura universal, y la cobertura universal es lo que convierte a un sistema de pagos en infraestructura.

De ahí se sigue una regla que vale para el resto de las capas. Cuando la cobertura universal es el requisito, el Estado gana. Cuando el requisito es el margen sobre esa cobertura, gana el privado. Confundir las dos cosas cuesta rondas enteras.

La infraestructura mueve más dinero que las plataformas que corren encima.

En México el sistema equivalente tampoco tiene relaciones públicas. El SPEI procesó en 2025 más de 7.300 millones de transferencias por un valor cercano a los 600 billones de pesos, el equivalente a 16.8 veces el PIB del país. Lo usan 73.5 millones de adultos. El 78% de los negocios formales acepta transferencias electrónicas.

Esa cifra convive con otra que conviene no olvidar: 85% de la población todavía usa efectivo como medio principal para compras por debajo de 500 pesos. La infraestructura ganó el tramo alto del gasto. El tramo bajo sigue siendo de billetes. Cualquiera que diseñe producto para México y lea sólo el primer dato va a construir para un país que no existe.

En Argentina el patrón se repite con otra forma. En mayo de 2026 se registraron 103.7 millones de pagos con transferencia interoperable, de los cuales 102.5 millones se iniciaron con código QR, el 98.8% del total. Las transferencias inmediatas en pesos llegaron a 759.9 millones en el mes, 26.6% más que un año antes. La billetera digital ya representa alrededor de un tercio de las compras en comercio físico y cerca de cuatro de cada diez transacciones de comercio electrónico.

Tres países, tres arquitecturas regulatorias distintas, un mismo resultado. El riel público, gratuito o casi gratuito, interoperable y obligatorio, ganó por knock-out contra cualquier alternativa privada. No porque fuera mejor tecnología. Porque tenía cobertura universal desde el día uno.

La identidad es la segunda capa. Ya está construida y casi nadie la usa bien.

Brasil tiene 177 millones de personas usando la plataforma gov.br. El indicador que mejor mide su penetración real no es el de cuentas sino el de uso: la firma digital de gov.br superó 548 millones de firmas acumuladas desde su creación a comienzos de julio de 2026, cuando la meta que el gobierno se había puesto para todo 2026 era llegar a 540 millones acumulados. Se cumplió con seis meses de anticipación. La serie anual es brutal. Fueron 5.7 millones de firmas en el primer semestre de 2022; 19.2 millones en el mismo período de 2023; 50.1 millones en todo 2024; 95.3 millones en 2025; 143.5 millones sólo en el primer semestre de 2026. Detrás hay más de 5.000 servicios federales y más de 8.700 estaduales.

México llegó después y crece rápido. Llave MX superó los 28 millones de cuentas en julio de 2026 y está integrada a 242 sistemas: 204 federales, 30 estatales y 8 municipales. Durante una semana del registro de una beca escolar se abrieron casi tres millones de cuentas nuevas. El 72.7% de los accesos ocurre desde un teléfono.

Chile tiene ClaveÚnica, que llegó primero y hoy discute su próxima etapa: convertirse en un broker de identidad con acceso del sector privado y un modelo de cobro por transacción. Es la conversación correcta y llega con años de retraso respecto de la demanda.

Acá hay un negocio que la región todavía no está tomando en serio. La identidad verificada por el Estado es el insumo más caro de cualquier operación de crédito, seguros, salud, contratación o comercio transfronterizo. Ya existe, ya está pagada por el contribuyente y en la mayoría de los países todavía no tiene una interfaz decente para que una empresa privada la consuma con consentimiento del usuario. El que resuelva esa capa de intermediación —permisos, auditoría, trazabilidad, facturación— no va a hacer un producto glamoroso. Va a hacer un peaje.

El crédito B2B se está reescribiendo en un formato de archivo.

En Brasil hay un cambio en curso que no aparece en ninguna conferencia de innovación y que va a mover más dinero que cualquier ronda de la década. La duplicata escritural, la versión electrónica y registrada del principal instrumento de crédito comercial brasileño, entró en su fase decisiva. Cuatro registradoras autorizadas por el Banco Central —B3, Cerc, Núclea y SPC Grafeno— están en pruebas de interoperabilidad bilateral. La operación asistida se autoriza en el segundo semestre de 2026, el primer ciclo productivo arranca en el cuarto trimestre y la consolidación se espera para 2027.

El estudio de volumetría de las registradoras estima que el mercado puede pasar de alrededor de 8 millones a 450 millones de transacciones mensuales. La implementación es por etapas: primero las grandes empresas, después las medianas y pequeñas.

Lo que está en juego no es la digitalización de un papel. Es la eliminación de la asimetría de información que hoy determina el precio del crédito para cualquier proveedor pequeño en Brasil. Cuando la factura por cobrar es un registro trazable y único en vez de un PDF, el descuento deja de ser un acto de fe. El costo del capital de trabajo baja para millones de empresas que nunca van a ser noticia.

Es la definición exacta de infraestructura aburrida: invisible, obligatoria, y con más impacto agregado que todo el fintech de consumo junto.

La logística y la energía son el mismo problema con otro nombre.

Las dos capas que faltan en la conversación regional no son financieras. Son físicas.

La primera es la última milla. En una región donde el comercio electrónico crece más rápido que el promedio global, el costo de entrega no baja por software: baja por densidad, por red de puntos de retiro, por flota propia y por acuerdos con el comercio de barrio. Es un negocio de contratos, de metros cuadrados y de gestión de personal. Cualquiera que haya intentado resolverlo con una app y una capa de optimización de rutas ya sabe cómo termina.

La segunda es la energía. La expansión de centros de datos en América Latina está limitada por la red de transmisión eléctrica, no por la demanda de cómputo. Los compromisos de inversión de los grandes proveedores de nube ya llegan a la región y el cuello de botella se corrió a la subestación, al permiso ambiental y al agua de enfriamiento. Es un problema de obra civil y de regulación sectorial disfrazado de problema de inteligencia artificial.

Las dos capas comparten una característica que las hace poco atractivas para el capital de riesgo tradicional y muy atractivas para quien busca posición de largo plazo: tienen barreras de entrada reales, ciclos de retorno largos y ningún riesgo de que aparezca un competidor con un producto idéntico en seis meses.

Contraargumento honesto: sin unicornios no hay quien pague la infraestructura.

La objeción es seria y viene de gente que sabe. La infraestructura pública no genera retorno para nadie. El Pix es gratuito. El SPEI es casi gratuito. Gov.br no factura. Si toda la región se dedica a construir capas invisibles, ¿quién financia el desarrollo, quién paga los sueldos de ingeniería y quién le devuelve el dinero a los fondos que llevan una década esperando?

Además, sin compañías grandes y visibles no hay talento formado, no hay compradores para M&A y no hay historia que le permita a un país atraer capital. Los unicornios, con todos sus defectos, fueron la escuela técnica de la región.

Todo eso es verdad. Y sigue estando incompleto, por dos razones.

La primera: la infraestructura pública no compite con el negocio privado, lo habilita. El Pix no destruyó a los adquirentes brasileños; les cambió el producto. Los volúmenes que hoy corren por rieles gratuitos generaron negocios enteros de conciliación, antifraude, crédito sobre flujo, cobranza recurrente y automatización contable. El margen se movió de la transacción al servicio alrededor de la transacción. Eso es más difícil de vender en un pitch y más difícil de copiar.

La segunda: el rendimiento real de la generación de unicornios regionales ya está a la vista y no sostiene la tesis. El caso mexicano de autos usados, que llegó a ser la compañía privada más valiosa de la región, cerró una ronda a la baja que borró la mayor parte de su valuación máxima. Varias plataformas de abastecimiento y supermercado digital que levantaron cientos de millones de dólares cerraron operaciones en Colombia, México y Brasil entre 2024 y 2025. Y la excepción que confirma el punto —la app de delivery colombiana que finalmente dio ganancias— llegó a la rentabilidad después de casi una década de pérdidas acumuladas.

La escuela técnica existió. La creación de valor, en agregado, no.

Consecuencia operativa

Para un operador, la infraestructura pública cambia tres cosas concretas.

Primero, borra categorías enteras de producto. Si tu propuesta de valor era mover dinero más rápido o más barato, el Estado ya lo hizo gratis y tenés que buscar el margen en otro lado: en el dato, en la conciliación, en el riesgo, en el flujo de trabajo que rodea al pago. Revisá qué porcentaje de tu ingreso viene de la transacción pura. Ese porcentaje va a cero.

Segundo, abre un mercado de intermediación de identidad que hoy está desatendido en casi toda la región. La demanda existe, el insumo existe, la interfaz no. Es un negocio de contratos, cumplimiento y uptime. No de growth.

Tercero, cambia el criterio de inversión industrial. La restricción de los próximos años no es de software: es de energía, de transmisión, de suelo y de agua. El límite del cómputo regional no lo pone la demanda. Lo pone la red eléctrica, y esa red se construye con permisos, con capital paciente y con plazos que ningún fondo de venture tolera.

La región no está corta de ideas. Está corta de fierro, de cables y de registros bien hechos. Eso es lo que hay que financiar.

La mesa

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